Fuera hace un frío del demonio. George y yo hemos quedado para tomar un café. Él pide un solo, yo un cortado.

– Entonces ¿te vienes a Alicante o qué? –me dice.

– La verdad es que esta tarde me apetece quedarme en casa. Además, siendo hoy víspera de Reyes no habrá quien se mueva por allí.

La camarera trae los cafés. Siguiendo una extraña e inevitable inercia cósmica, me pone a mí el solo y a George el cortado. Nos cambiamos los cafés cuando sabemos que no nos mira. Una de nuestras reglas es evitar dentro de lo posible que un camarero se sienta mal, aunque el café sea zumo de estiércol.

– Solo voy a estar un rato, es ir, recoger a éste y volver –insite.

– Ya pero…

De repente, y sin que me percate de cómo ocurre, a George le explota, literalmente, el sobre de azúcar en sus narices esparciendo el contenido en todas direcciones. La mesa azul marino oscuro parece un estrellado cielo de verano.

– ¡¡Joder!! Siempre igual… –dice mientras hace malabarismos con el sobrecito para que éste no se le caiga dentro de la taza.

– ¡¡¡¿?!!!

Le doy otro sobrecillo, agitado previamente por mí, y lo coge mientras se atusa el jersey. Suena su móvil. Es su novia.

– Eh…, hola… No, no.., nada. Sí, me voy ahora a Alicante. ¿Sí? ¿Has salido ya? Sí, sí, vale, vale… –veo que, curiosamente, se va poniendo más y más nervioso- Oye, mira, cuando esté en Alicante te llamo, que es que ahora no puedo hablar. Sí, sí, vale, adiós, adiós.

George me mira como si yo no hubiese oído la conversación y no le da importancia a lo de “ahora no puedo hablar”. Lo cierto es que yo tampoco se la doy pero me pregunto cuál es el motivo que hace que una persona que es como tu hermano, aplace (de hecho, corte radicalmente) una conversación con su novia porque tú estás delante. ¿O sería por el azúcar?

La tarde transcurrió tranquila en casa, tal y como me había propuesto, pero no dejé de preguntarme qué oscuros misterios se esconden tras nuestros familiares y amigos más cercanos. Creo que no quiero saberlo.

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