Se vieron por primera vez en el metro. Él perdió el equilibrio y chocó de cara contra ella.
– Perdón, mis reflejos son de torpe. –le dijo.

A la salida del vagón, a ella se le rompió el tacón y mientras su bolso volaba como un pájaro diseñado por Versace se fue de morros contra el suelo. Aterrizó en los brazos de él que con una sonrisa le ofrecía el bolso cogido al vuelo.

Coincidieron más tarde en la presentación de un nuevo artista. Él la sorprendió mientras ella, bizqueando la mirada, observaba un cuadro enorme e incomprensible.

– ¿Soy el único que ve un simple borrón sobre un fondo blanco?

Ella se giró como un remolino y al verlo ahí de pie, tan desvalido e inseguro, negó con la cabeza conteniendo una carcajada.

– Perdona, soy un torpe con el arte.

Ella le creyó. Sin embargo, cuando fue él el que subió al atril y habló de su obra, tuvo sus dudas.

Coincidieron por tercera vez en un aparcamiento. Esta vez fue ella la que le sorprendió a él. Él estuvo encantador, como siempre, y ella le invitó a un café. Antes de que el café se enfriase, ella, con los pómulos encendidos, le propuso ir a otro sitio.

– Disculpa, pero soy un amante muy…
– ¿Torpe? –le interrumpió ella- No, disculpa tú, me gustaría descubrirlo por mí misma.

El tercer orgasmo le recordó, por algún motivo, a Hiroshima y lo que nació en su pecho tras recuperarse, le aterrorizó. Algo malo debía tener y era muy pronto para el amor.

– Perdona ¿me puedes decir en qué me estás engañando?
– En nada. –respondió tranquilo.- Soy un torpe mintiendo.

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