El otro día Morpheo se levantó del sofá y, sin querer, le dio una patada a la pelota del perro. El perro dio un salto desde el sofá directo a la ella pero yo fui más rápido y la cogí primero. “¿Dónde está la pelota?” le dije y el perro empezó a ponerse nervioso. Morpheo, que estaba justo a mi lado, se agachó para atarse un cordón dándome la espalda en posición horizontal y entonces, sin pensarlo, puse la pelota en el centro de la misma y le dije al perro otra vez “¿dónde está la pelota?, búscala, ¿dónde está la pelota?”. Hay que ver lo simples que pueden llegar a ser los perros ya que, aunque hacía un segundo que tenía la pelota en la mano, se puso a mirar a todos lados como diciendo “oh, es increíble, ha hecho desaparecer la pelota” y la pelota ahí, en la espalda de Morpheo mientras éste se ataba el cordón.

El perro estaba cada vez más inquieto y viendo que no se daba cuenta de dónde había dejado el juguete Morpheo le insistió: “¿dónde está la pelota? Vamos, busca la pelota, chico”, y yo “venga, ¿dónde está la pelota? Venga, búscala” y después Morpheo, todavía agachado, “pero venga, ¿es que no la ves? Búsca la pelota” y el perro dando vueltas de un lado para otro y yo señalando la pelota en la espalda de Morpheo y diciendo “está aquí, está aquí” y el perro mirando en dirección contraria sin entender nada de nada y Morpheo y yo casi al unísono “¿dónde está la pelota?”. Y la pelota bamboleando en la espalda.

Al final el perro salió al pasillo, supongo que pensando que quizá la pelota se había ido por allí o quizás asustado por la posición de Morpheo que seguía inclinado apoyando sus manos en las rodillas. Salí al pasillo, cogí al perro en brazos y lo llevé de nuevo al salón mostrándole desde esa altura donde se encontraba la pelota. El perro la cogió con mucho cuidado y lo dejé otra vez en el suelo permitiendo que Morpheo volviese a la posición vertical.

En ese momento, Morpheo y yo nos miramos y comprendimos que lo que acabábamos de hacer era probablemente la cosa más ridícula y surrealista de nuestras vidas, él ahí agachado, haciendo equilibrios con una pelota en la espalda mientras arengábamos al perro y éste se volvía loco.

Y la carcajada fue de antología por lo sonora, por lo larga y por lo lacrimógena.

Anuncios