Después de hacer al amor Mario se tumbó mirando al techo mientras Soledad le acariciaba el poblado pecho. Los dedos de Soledad siguieron con el juego de exploración subiendo y bajando por la mata de pelo de él, haciendo caracolillos y enroscándose en las zonas más pobladas. Mario, cansado por el trabajo y relajado por el ejercicio sexual se hundió en un sueño profundo mientras Soledad, absolutamente fascinada por ese hombre al que acababa de conocer, seguía amasando vello corporal en un juego casi frenético y tierno a la vez.

Sus dedos tocaron algo raro. Bajo la inmensidad pilosa Soledad detectó un pequeño accidente en la piel. Frotó suavemente de nuevo y se dio cuenta de que tenía una forma bastante regular. Apartó el vello como pudo pero no consiguió ver nada. Movida por una curiosidad insana aprovechó el sueño profundo de Mario para rasurar la zona con tal habilidad que el hombre ni se inmutó. Allí, bajo la espesa capa de pelo, a la altura del corazón, había tatuada una “V” capitular.

Se vistió rápido y salió del hostal a toda prisa. No quería que estar allí cuando Mario se despertase. Ahora no podría ocultarle que, en realidad, su nombre era otro.

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