Es curioso como la creencia en ciertos personajes que, cuando somos niños, creemos perfectamente real, se va evaporando a medida que crecemos. Supongo que no es algo voluntario, la vida puede ser muy cruel y frecuentemente nos muestra su peor cara. Pero, ¿porqué dejar de creer en los vampiros, en Superman o en Los Diminutos? El mundo de aquellos años en los que teníamos la certeza de que un ratón metía su diminuta manita bajo nuestra almohada y cambiaba nuestros dientes de leche por monedas, era, indudablemente, un mundo mejor. Ahora, de adultos, la sola idea de que un roedor se nos acerque a la cara mientras dormimos nos repugna, por muy buenas que sean sus intenciones.

Por este motivo, a pesar de tener muy claras como son las cosas de la vida de un adulto, siempre he dejado un margen para la magia, para la ilusión y, sobre todo, para la esperanza. Afortunadamente, en un momento determinado encontré (o me encontró ella, quizás) a Ruth, una persona que hace que no olvide que la vida va más allá de lo que normalmente los ojos nos dejan ver.

El pasado 24 de diciembre, Nochebuena para más señas, desde primera hora de la mañana Ruth no dejaba de preguntarme a qué hora vendría Papá Noel este año. Y cómo quieres que lo sepa, le decía yo, pero era tal su insistencia que tuve que poner esta nota en la puerta cuando salimos a desayunar.

Nota papá noel

Creo que esto la tranquilizó un poco y he de reconocer que yo también me sentí algo más liviano. Finalmente, el barbudo llegó por la noche.

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