Si te compras uno de estos tarros de café, lo consumes y dejas el recipiente de cristal encima del mármol de la cocina durante días, llegará un momento en que, harto de verlo ahí, le quites la tapa y lo eches a reciclar. O sea, tires la basura. Sin embargo, si esa botellita con forma curiosa se usa como recipiente donde guardar la calderilla deja de ser basura. Ahora es una hucha. Pero vayamos más allá. Imaginemos que con el trajín de vida diaria, de forma accidental, esa botella se va quedando vacía hasta que deja de ser vista como una hucha a pesar de las pocas monedas que aun le quedan dentro. Se la relega a un rincón oscuro y poco frecuentado de un armario y allí pasa los años, olvidada, viendo cómo ese mismo armario se va llenando de objetos inservibles como ella que la van arrinconando más y más en la oscuridad del receptáculo.

La casa cambia, se reforman el aseo y el salón, se pintan las paredes y se arregla la cocina pero, curiosamente, del viejo armario lo único que se cambia es la puerta. ¿Para qué más?, allí nunca mira nadie. Poco a poco los niños se van marchando a vivir sus vidas y los padres, aquellos que un día la llevaron a esa casa, van envejeciendo de forma lenta y rutinaria.

La casa se va quedando en silencio y los demás objetos, como las sillas y las puertas se van volviendo estáticos. El suelo cada vez tiene más parcelas que no son pisadas y las persianas cada vez están más abajo. Un día el padre falta y al poco viene uno de los niños a llevarse a la madre. La casa se cierra de forma casi hermética.

Y vuelven a pasar los años en la más estruendosa oscuridad y en el más oscuro silencio. El polvo lo cubre todo y las arañas van cambiando de generación en generación. Un día empieza a llegar gente, recorren la casa de forma mecánica. Se van y al día siguiente vienen otros y se repite la operación. Pasan los meses y un buen día alguien llega para quedarse. Los muebles van desapareciendo y los cajones se van vaciando. El olor a pintura y el sonido de los martillos y los taladros le recuerdan a sus antiguos dueños. La casa está cambiando otra vez.

De repente, se abre el armario. Una mano joven e impaciente empieza a vaciarlo, metiendo esos viejos objetos en la bolsa de la basura. Unos dedos le palpan con curiosidad y cuando la sacan fuera nota cómo la luz pasa a través de su cuerpo reflejando las tres monedas sueltas. El hombre la echa con el resto de objetos pero la mujer la recupera. Es bonita, dice, y muy antigua. El hombre insiste en que no tiene valor, en que solo es basura, pero ella le explica que no, que es mucho más que eso. Fue una hucha, la hucha de sus abuelos, un objeto que les regaló ilusión, deseos y esperanzas. La basura no hace eso.

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