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Josmachine Blog

El vacío mental como forma de vida

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Anecdotario

Cómo conseguir un peluche sin echar dinero en la máquina

Recuerdo que de niño me encantaban las máquinas de bolas. Aunque siempre pedía una moneda (creo que costaban 25 pesetas) mis padres casi nunca cedían (de vez en cuando mis hermanos y yo seducíamos a algún tío o abuelo) y tenía que conformarme con mirar las bolas desde fuera, con sus jugosos regalos flotando en su interior. Además, siempre había alguno de los premios que me atraía más que los demás e imaginaba que era ese precisamente el regalo que la máquina me escupiría. Cuando pasaba cerca de alguna de estas máquinas invariablemente abría la tapa por si algún niño despistado había echado la moneda pero había olvidado el regalo. Si eso fallaba intetaba girar la maneta por si otro niño despistado había introducido el dinero pero no había sacado el premio. Creo que nunca funcionó semejante artimaña y tuve que seguir soñando con que algún día nadaría en una piscina repleta de bolas llenas de regalos. Tampoco pasó nunca. Sin embargo, al cabo del tiempo, cuando ya era un poco más mayor, aparecieron en ferias y parques de atracciones ese tipo de maquinas llenas de tesoros como peluches, relojes, calculadoras y toda suerte de artilugios tan inútiles o más que los premios que aparecían en las bolas. Para colmo de males, había que cogerlos con un gancho que siempre fallaba. Eso sí, el sitio por donde salían los regalos era un poco más grande que el de las bolas ofreciendo posibilidades que aquellas no tenían. Y a las pruebas me remito.

Lo vi aquí.
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Una mirada en el bolsillo

Con las cámaras digitales reduscubrí el placer de la fotografía. El engorro que supone para alguien tan vago como yo toda la parafernalia de la fotografía tradicional desaparece con una camarita que te cabe en el bolsillo y te permite derrochar disparador sin miedo a gastar un carrete lleno de fotos que no has comprobado.

Llevo mi cámara a todas partes y probablemente hago menos fotos de las que pensaba que haría antes de comprarla pero me gusta sentirla en el bolsillo interior de la chaqueta esperando a que aparezca una imágen que valga la pena. Y casi nunca aparecen .

Eso sí, cuando aparecen, y además vienes de compartir unas copas y unas risas con los amigos, de vivir, en definitiva, te alegras de poder dispararla.

Esta foto no hace justicia a la imagen real, pero es la forma más precisa que tengo de mostraros que, a veces, un instante preciso/precioso sirve para que sepa que no hay nada que merezca más la pena que todo lo que ya tengo, aunque al día siguiente vuelva a sonar el despertador a la misma hora.

Cumpleaños feliz bizarro

A todos nos han cantado alguna vez eso de “cumpleaños feliz” pero supongo que no a todo el mundo unos amigos en un grave estado de embriaguez le han interpretado la canción convirtiéndola en una versión bizarra de aquellos mixes a lo Jay Bunny con temas de los 70 y la han grabado 24 veces en un CD. A mí eso sí me ha pasado. Fue hace unos cumpleaños atrás y el lugar elegido para reproducir la obra fue una concurrida (no tanto esa tarde, menos mal) cafetería del centro en la que los clientes y yo nos quedamos estupefactos ante semejante delirio ¿musical? Puede que no suene afinado, puede que no llegue nunca al número uno de las listas, pero lo que me hizo sentir esa canción aquel día era parecido a lo que debe sentirse al escuchar el canto de los ángeles. Y es que en ese momento me sentí un hombre afortunado. El que más.

No, hoy no es mi cumpleaños, pero aun así quisiera dejar constancia de mis palabras adjuntando el tema, interpretado a la guitarra por Manolo y cantado como nunca por Isra y Bea a los que algunos ya les conoceréis por Los náufragos. Que ustedes lo disfruten.

El tigre de Tasmania

Ayer las Ruvis publicaron una estupenda entrada sobre el Aye Aye, esa especie de oveja negra de los Lémures que ya se encuentra en peligro de extinción. Después de leer su entrada no pude evitar sentirme triste al recordar una vez más que todo esto se va al carajo, que lo verdaderamente maravilloso de este mundo es perfectamente prescindible para aquellos que lo gobiernan y que, al final, lo único que quedará serán cuatro hijos de la gran puta rodeados de dinero y de cenizas.

Como digo, el artículo de las Ruvis me recordó al Tilacino o Tigre de Tasmania, un tigre marsupial que se extinguió hace poco más de ochenta años. Cuando se puso precio a la cabeza de este maravilloso animal fue perseguido y matado indiscriminadamente por, como siempre, los intereses de unos pocos. Preparaos para llorar: se pagaba una libra por cada cabeza de Tigre de Tasmania. ¡Qué asco y que vergüenza!

El último Tilacino murió el siete de septiembre de 1936 en el Zoológico de Hobart, Tasmania. Este es un vídeo del año 1933 de ese mismo ejemplar que os pongo simplemente para que veáis la fascinante belleza de este animal.

Desde su desaparición se han registrado más de 300 testimonios de gente que asegura haber visto algún ejemplar en libertad. Esperemos que sea cierto.

Georgemachine, my brother

Mi hermano Georgemachine es un tío especial. ¿Os acordáis de La Mosca? Pues si en una cabina de teletransporte entrase un filólogo y en la otra Pepe Viyuela es muy probable que el resultado de la fusión desoxirribonucleica fuese Georgemachine. Y lo digo con todo el cariño del mundo. Él, a veces, cuando nos partimos el culo, piensa que nos reímos de él, y no es cierto. Pero es que las situaciones en las que se mete él solo nos hacen, muy a menudo, olvidarnos de esta mierda que a veces puede ser la realidad. Y eso es bueno. Tengo que contar (lo necesito, de hecho) un par de anécdotas conectadas que lo acercan muy mucho a algún personaje de Futurama o de Padre de familia.

La semana pasada quiso el destino que tuviese libre el sábado por la noche, con lo que aprovechamos para salir de copas. Tras unos mojitos impresionantes en Artería, decidimos probar en un local que se acaba de inaugurar. Cuando entramos vimos que era incluso más pequeño de lo que nuestra curtida imaginación nos había soplado. Pero no solo eso, además era angosto y estaba muy mal distribuido. Si a ello le sumamos el asfixiante olor a recién pintado y una molesta luz negra la sensación de comodidad se hacía prácticamente nula. Pero nos quedamos un rato. He aquí que George comenzó a sentirse angustiado, la pintura le daba tos y parece que le mareaba un poco. Unas amigas habían ido a inspeccionar el servicio al que se accedía por una puerta corrediza. George, en un ataque de urgencia, salió disparado al servicio y usando su aplastante y, quizá a veces, desmesurada lógica, decidió que, si a la derecha había una puerta corrediza que daba al servicio femenino, el masculino debía estar a la izquierda, aunque a la izquierda solo hubiese una pared pintada y, eso sí, enmarcada. Fue entonces que, ante la perpleja mirada de todos los presentes, el genial Georgemachine palpó la pared a velocidad creciente en progresión en busca del asa que le ayudase a abrirla. Os aseguro que fue muy divertido.

Unos días más tarde, comentado el acontecimiento, dijo con impresionante seguridad y palabras textuales:

“¿Por qué estas cosas solo me pasan a mí? ¿Es que no le pueden pasar por ejemplo a Carolina o… a mí?”

Este es mi hermano George. Si él me deja espero poder seguir contando anécdotas suyas porque el tío es una mina.

Un abrazo, hermano.

¿Dónde está la pelota?

El otro día Morpheo se levantó del sofá y, sin querer, le dio una patada a la pelota del perro. El perro dio un salto desde el sofá directo a la ella pero yo fui más rápido y la cogí primero. “¿Dónde está la pelota?” le dije y el perro empezó a ponerse nervioso. Morpheo, que estaba justo a mi lado, se agachó para atarse un cordón dándome la espalda en posición horizontal y entonces, sin pensarlo, puse la pelota en el centro de la misma y le dije al perro otra vez “¿dónde está la pelota?, búscala, ¿dónde está la pelota?”. Hay que ver lo simples que pueden llegar a ser los perros ya que, aunque hacía un segundo que tenía la pelota en la mano, se puso a mirar a todos lados como diciendo “oh, es increíble, ha hecho desaparecer la pelota” y la pelota ahí, en la espalda de Morpheo mientras éste se ataba el cordón.

El perro estaba cada vez más inquieto y viendo que no se daba cuenta de dónde había dejado el juguete Morpheo le insistió: “¿dónde está la pelota? Vamos, busca la pelota, chico”, y yo “venga, ¿dónde está la pelota? Venga, búscala” y después Morpheo, todavía agachado, “pero venga, ¿es que no la ves? Búsca la pelota” y el perro dando vueltas de un lado para otro y yo señalando la pelota en la espalda de Morpheo y diciendo “está aquí, está aquí” y el perro mirando en dirección contraria sin entender nada de nada y Morpheo y yo casi al unísono “¿dónde está la pelota?”. Y la pelota bamboleando en la espalda.

Al final el perro salió al pasillo, supongo que pensando que quizá la pelota se había ido por allí o quizás asustado por la posición de Morpheo que seguía inclinado apoyando sus manos en las rodillas. Salí al pasillo, cogí al perro en brazos y lo llevé de nuevo al salón mostrándole desde esa altura donde se encontraba la pelota. El perro la cogió con mucho cuidado y lo dejé otra vez en el suelo permitiendo que Morpheo volviese a la posición vertical.

En ese momento, Morpheo y yo nos miramos y comprendimos que lo que acabábamos de hacer era probablemente la cosa más ridícula y surrealista de nuestras vidas, él ahí agachado, haciendo equilibrios con una pelota en la espalda mientras arengábamos al perro y éste se volvía loco.

Y la carcajada fue de antología por lo sonora, por lo larga y por lo lacrimógena.

Ahora no puedo hablar

Fuera hace un frío del demonio. George y yo hemos quedado para tomar un café. Él pide un solo, yo un cortado.

– Entonces ¿te vienes a Alicante o qué? –me dice.

– La verdad es que esta tarde me apetece quedarme en casa. Además, siendo hoy víspera de Reyes no habrá quien se mueva por allí.

La camarera trae los cafés. Siguiendo una extraña e inevitable inercia cósmica, me pone a mí el solo y a George el cortado. Nos cambiamos los cafés cuando sabemos que no nos mira. Una de nuestras reglas es evitar dentro de lo posible que un camarero se sienta mal, aunque el café sea zumo de estiércol.

– Solo voy a estar un rato, es ir, recoger a éste y volver –insite.

– Ya pero…

De repente, y sin que me percate de cómo ocurre, a George le explota, literalmente, el sobre de azúcar en sus narices esparciendo el contenido en todas direcciones. La mesa azul marino oscuro parece un estrellado cielo de verano.

– ¡¡Joder!! Siempre igual… –dice mientras hace malabarismos con el sobrecito para que éste no se le caiga dentro de la taza.

– ¡¡¡¿?!!!

Le doy otro sobrecillo, agitado previamente por mí, y lo coge mientras se atusa el jersey. Suena su móvil. Es su novia.

– Eh…, hola… No, no.., nada. Sí, me voy ahora a Alicante. ¿Sí? ¿Has salido ya? Sí, sí, vale, vale… –veo que, curiosamente, se va poniendo más y más nervioso- Oye, mira, cuando esté en Alicante te llamo, que es que ahora no puedo hablar. Sí, sí, vale, adiós, adiós.

George me mira como si yo no hubiese oído la conversación y no le da importancia a lo de “ahora no puedo hablar”. Lo cierto es que yo tampoco se la doy pero me pregunto cuál es el motivo que hace que una persona que es como tu hermano, aplace (de hecho, corte radicalmente) una conversación con su novia porque tú estás delante. ¿O sería por el azúcar?

La tarde transcurrió tranquila en casa, tal y como me había propuesto, pero no dejé de preguntarme qué oscuros misterios se esconden tras nuestros familiares y amigos más cercanos. Creo que no quiero saberlo.

¿Gente rara?

Esta tarde me ha tocado ir a la estación a recoger un paquete que llegaba en autobús. He tenido que ir bastante temprano porque esta estación no es final de trayecto y los conductores no se responsabilizan de los bultos si no hay nadie que los recoja. Me he dado cuenta de que las estaciones de autobuses son escaparates incomparables en los que observar a cantidad de personajes curiosos e incluso extravagantes.

Dos bancos más allá de donde yo estaba, había una señora de unos sesenta y pico años peleándose con una chocolatina. La mujer se desesperaba intentado romper el envoltorio de mil maneras diferentes. En un momento dado se ha girado hacia mí con cierta súplica en su rostro pero yo he sido más rápido y he esquivado la mirada. Sé que he obrado mal pero, cuando un impulso involuntario se impone por encima de lo que se supone que es lo correcto, es muy difícil rectificar.

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