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Josmachine Blog

El vacío mental como forma de vida

Categoría

Delirios

Paranoia

Buf, he entrado en La tira de Jos y he visto que la última tira que publiqué fue en febrero. Me he dicho, esto no puede ser, y me he ido corriendo a Toonlet para hacer una tira nueva.

La verdad es que resulta complicadísimo mantener un nivel de publicación estable, aunque no se demasiado alto, de cualquier cosa. Y mira que hacer este tipo de tiras resulta sencillo, pero es que se me olvida. Igual que se me olvida poner un Twitter o mirar a ver si han contestado un comentario que dejé en algún sitio, o las fechas de cumpleaños próximas en Facebook. En fin, que Internet es una selva de aplicaciones y cosas que me encanta pero que también me vuelve un poco loco. Mi deseo es seguir publicando más a menudo en La tira de Jos. Ya veremos si lo consigo.

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Los pingüinos voladores de la BBC

Probablemente si un niño nos preguntase si los pingüinos pueden volar nos sonreiríamos ante la candidez de la pregunta. Seguramente contestaríamos con toda la condescendencia del mundo que no, que a pesar de ser aves y tener ala, los pingüinos no vuelan. Aunque ¿a quién no le gustaría verlos surcando los cielos azulados?

Pues gracias a la BBC si un niño les hace esa pregunta, ustedes podrás responder que quizás y después mostrarles este vídeo.

Esta es la magia que tiene la televisión.

Vía: Pixfans

Dificultades a la hora de crear un videoblog

Cualquiera que haya leído de forma medianamente regular los post que escribo aquí e incluso en Antiegos sabrá que hace tiempo que voy detrás de la idea de crear un videoblog. Uno de los principales problemas a los que me enfrento es el de la página en blanco, la pantalla en blanco podría decirse en este caso.

La cuestión es que, en la teoría, he aprendido qué es y cómo funciona un videoblog, cuáles son las mejores formas de hacerlo funcionar y distribuir y, además, no me faltan ideas. Pero por algún motivo no termino de decidirme. Creo que mi principal temor se basa en la continuidad. De hecho, Antiegos y este mismo blog han disminuido en su frecuencia de posteo, por supuesto, debido a las obligaciones y compromisos de lo que llamamos “vida real”. La cuestión es que, a pesar de todo, la idea no se me va de la cabeza. A ver si encuentro una motivación y un punto de arranque que me sirva de detonante e inspiración. Si se os curre algo, soy todo oídos. Aquí os dejo uno de los vídeos fallidos de prueba.

Ni tanto ni tan calvo

Desde ya pido disculpas por el post que estoy a punto de escribir pero estoy seguro de que no soy el único que ha pensado esto alguna vez. Aquello de que enseñarle a alguien el culo de forma burlona se llame “hacer un calvo” parece tener una explicación de una simpleza que tira para atrás. Imagino que la inesperada imagen de un trasero lanza a la mente una suerte de analogía visual que, con el tiempo, ha conseguido que la expresión quede perfectamente enquistada en el vocabulario popular.

Pero, ahora bien, ¿no sería más acertado un término del tipo “hacer dos calvos” por ejemplo? Además, tal como comento en la tira, esto de “calvo” no sé cómo será hoy que vivimos días de metrosexualismo, pero os aseguro que yo conozco a más de uno que le gustaría tener la mitad de flequillo en la cabeza que el que tiene en…

En fin, dejando al lado el mal gusto os pregunto dos cosillas:

  1. ¿Os han hecho alguna vez un calvo?
  2. Y vosotros, ¿lo habéis hecho?

😆

Las calabazas que nunca llegaron

Todos hemos sido jóvenes alocados, púberes cándidos y/o giliputienses de la hormona. A esa edad nos vemos invadidos por certezas como que nuestros amigos nos entienden mejor y son más listos y leales que nuestros padres, que en revistas tipo Nuevo Vale, Superpop o Ragazza, que leíamos en secreto robadas de la mesilla de nuestras hermanas, se encuentran las claves apócrifas del sexo y las mujeres, que nuestra media naranja, una persona perfecta para nosotros que aúna todo lo que deseamos (además de estar más buena que el copón) pulula por ahí esperando a ser encontrada, seguramente en la Copy, en Disco Lemmon o en el Blue Pink Pub y que si no nos encontramos nunca será por culpa de ese portero cabrón al que le voy a restregar el DNI por la cara el día que cumpla 18 (¡Niñato tu padre!).

Ay, que tiempos… El caso es que al margen de la broma, la adolescencia es una etapa muy, pero que muy difícil ¿eh? Nos gusta pasar más tiempo con nuestros granos que con nuestros padres, podemos jurar con la misma determinación ante un amigo una amistad eterna o ante nuestra madre que no volveremos a bajar más la basura. Somos impulsivos, irracionales y egoístas y nuestros enamoramientos son patológicos.

¿Qué grado de sinceridad había en esos sentimientos de amor que éramos capaces de sentir? ¿Qué nos empujaba a buscar pareja, el sexo, el ego? ¿Y las calabazas? Cómo dolían ¿eh? Dolían más que un cero en mates, más que si tu amigo se compraba las zapatillas que tú querías, mucho más que cuando tus padres te obligaban a irte con ellos de viaje justo el fin de semana que el Chimo hacía una fiesta en su campo por que no estaban su padres. La extensión de nuestra existencia era bastante limitada, el instituto, casa y los fines de semana, pero nuestros problemas eran los más grandes del mundo y las calabazas eran lo peor.

Debo reconocer que yo no me llevé muchas, no sé si porque mi cobardía me impedía dar el paso a no ser que estuviese muy, muy seguro, o porque realmente era un tipo absolutamente arrebatador. 🙂 La cuestión es que cuando ocurría era horrible, una punzada al orgullo imposible de sentir si te afeitas más de una vez por semana. Pero las peores calabazas no eran las que te explotaban en la cara con un NO cortante, no, la peores eran las que te mantenían en vilo, aquellas que eran como fantasmas de una pregunta no contestada. “Tengo que pensármelo”. Esta frase que en la vida adulta es un eufemismo en toda regla, en la adolescencia es un resquicio de esperanza, una posibilidad que nuestra mente se niega a diluir. Un “tengo que pensármelo” es la calabaza que nunca llega, una que te clava al lado del teléfono esperando una llamada, que te mantiene despierto en la cama soñando con un futuro que nunca existirá mientras la otra parte ya ha tomado la decisión. Un “tengo que pensármelo” es un acto de humillación y cobardía.

Amigos, les invito a que nos cuenten sus historias de dolor adolescente, de desengaños, de traiciones, de risa. Porque ahora nos reímos ¿no?

Las miradas en los cajeros

 

Ante todo decir que no voy meándome por los cajeros autómaticos. Evidentemente, de esta tira, lo que está basado en la realidad es la obsesión y el miedo que tiene la gente en los cajeros automáticos. Y no digo que no haya que tener cuidado, claro que sí, pero es que a veces me parece algo desproporcionado.

Hoy, por ejemplo, he entrado en un cajero a sacar dinero para hacer la compra y, a pesar de que el banco estaba abierto y lleno de gente, con los sistemas de seguridad a pleno rendimiento, el hombre que había delante de mi me ha echado una mirada por encima del hombro que, desde luego, si yo fuese un delincuente, habría pensado que ahí había mucha pasta. No sé, no es que me sienta ofendido ni nada de eso, pero es una de esas cosillas que te hace preguntarte en qué escala de macarrísmo estará tu aspecto.

Reflexiones sobre la basura

Si te compras uno de estos tarros de café, lo consumes y dejas el recipiente de cristal encima del mármol de la cocina durante días, llegará un momento en que, harto de verlo ahí, le quites la tapa y lo eches a reciclar. O sea, tires la basura. Sin embargo, si esa botellita con forma curiosa se usa como recipiente donde guardar la calderilla deja de ser basura. Ahora es una hucha. Pero vayamos más allá. Imaginemos que con el trajín de vida diaria, de forma accidental, esa botella se va quedando vacía hasta que deja de ser vista como una hucha a pesar de las pocas monedas que aun le quedan dentro. Se la relega a un rincón oscuro y poco frecuentado de un armario y allí pasa los años, olvidada, viendo cómo ese mismo armario se va llenando de objetos inservibles como ella que la van arrinconando más y más en la oscuridad del receptáculo.

La casa cambia, se reforman el aseo y el salón, se pintan las paredes y se arregla la cocina pero, curiosamente, del viejo armario lo único que se cambia es la puerta. ¿Para qué más?, allí nunca mira nadie. Poco a poco los niños se van marchando a vivir sus vidas y los padres, aquellos que un día la llevaron a esa casa, van envejeciendo de forma lenta y rutinaria.

La casa se va quedando en silencio y los demás objetos, como las sillas y las puertas se van volviendo estáticos. El suelo cada vez tiene más parcelas que no son pisadas y las persianas cada vez están más abajo. Un día el padre falta y al poco viene uno de los niños a llevarse a la madre. La casa se cierra de forma casi hermética.

Y vuelven a pasar los años en la más estruendosa oscuridad y en el más oscuro silencio. El polvo lo cubre todo y las arañas van cambiando de generación en generación. Un día empieza a llegar gente, recorren la casa de forma mecánica. Se van y al día siguiente vienen otros y se repite la operación. Pasan los meses y un buen día alguien llega para quedarse. Los muebles van desapareciendo y los cajones se van vaciando. El olor a pintura y el sonido de los martillos y los taladros le recuerdan a sus antiguos dueños. La casa está cambiando otra vez.

De repente, se abre el armario. Una mano joven e impaciente empieza a vaciarlo, metiendo esos viejos objetos en la bolsa de la basura. Unos dedos le palpan con curiosidad y cuando la sacan fuera nota cómo la luz pasa a través de su cuerpo reflejando las tres monedas sueltas. El hombre la echa con el resto de objetos pero la mujer la recupera. Es bonita, dice, y muy antigua. El hombre insiste en que no tiene valor, en que solo es basura, pero ella le explica que no, que es mucho más que eso. Fue una hucha, la hucha de sus abuelos, un objeto que les regaló ilusión, deseos y esperanzas. La basura no hace eso.

Interrupciones musicales

Tengo una manía extraña, cuando voy en el coche y está sonando una canción que me gusta mucho tengo que escucharla entera. Es decir, si por algún motivo llego a mi destino y la canción no ha terminado me quedo en el interior hasta que esta termina. De hecho, si la música viene de un CD, una vez que el tema ha acabado, apago el equipo justo en el silencio entre las pistas para que no empiece el siguiente tema. No me gusta que suene ni la primera nota.

He de decir que esperar dentro del coche a que termine una canción tampoco es que me haga cierta ilusión pero si hay que hacerlo, se hace. La cuestión es que, invariablemente, cuando suena uno de mis favoritos aquellos semáforos que normalmente estarían en rojo están en verde, donde habría retenciones tengo vía libre y si el coche necesita gasolina aparecerá una gasolinera donde antes solo había un solar. Llegar a mi destino siempre es más fácil cuando la música me envuelve y quiero ir un poco más despacio. Pero tampoco hay prisa, ¿no?

Una nota nunca viene mal

Es curioso como la creencia en ciertos personajes que, cuando somos niños, creemos perfectamente real, se va evaporando a medida que crecemos. Supongo que no es algo voluntario, la vida puede ser muy cruel y frecuentemente nos muestra su peor cara. Pero, ¿porqué dejar de creer en los vampiros, en Superman o en Los Diminutos? El mundo de aquellos años en los que teníamos la certeza de que un ratón metía su diminuta manita bajo nuestra almohada y cambiaba nuestros dientes de leche por monedas, era, indudablemente, un mundo mejor. Ahora, de adultos, la sola idea de que un roedor se nos acerque a la cara mientras dormimos nos repugna, por muy buenas que sean sus intenciones.

Por este motivo, a pesar de tener muy claras como son las cosas de la vida de un adulto, siempre he dejado un margen para la magia, para la ilusión y, sobre todo, para la esperanza. Afortunadamente, en un momento determinado encontré (o me encontró ella, quizás) a Ruth, una persona que hace que no olvide que la vida va más allá de lo que normalmente los ojos nos dejan ver.

El pasado 24 de diciembre, Nochebuena para más señas, desde primera hora de la mañana Ruth no dejaba de preguntarme a qué hora vendría Papá Noel este año. Y cómo quieres que lo sepa, le decía yo, pero era tal su insistencia que tuve que poner esta nota en la puerta cuando salimos a desayunar.

Nota papá noel

Creo que esto la tranquilizó un poco y he de reconocer que yo también me sentí algo más liviano. Finalmente, el barbudo llegó por la noche.

Esclavo del blog

Precisamente el otro día lo comentaba con Ruth, uno abre un blog y una de las cosas que más le atraen es que tiene la casi absoluta libertad de expresarse y escribir lo que quiera. Y así va creciendo y se va formando una cierta comunidad a su alrededor. Pero con el tiempo el blog se va decantando, va tomando un estilo y se va centrando en una forma y de repente uno descubre que, en realidad, ya no es libre para escribir lo que quiera o como lo quiera, se debe a unos lectores que están ahí por que les gusta lo que leen y, aunque no fuese por eso, resulta muy complicado romper de repente un esquema de publicación que sabemos que nos funciona porque eso rompería también la coherencia del blog.  Pero bueno, uno siempre puede decir que es libre de ser esclavo de su propio blog, ¿no?.

Venga, otra oportunidad

“Las relaciones son como los tiburones, solo se mantienen vivas si se mueven y creo que nuestra relación es un tiburón muerto.”

Annie Hall (1977), de Woody Allen

Todos sabemos que cuando se abre un blog uno lo empieza con ganas y mucha ilusión. Y es que un blog es un juguete que nos sale gratis, que nos construimos nosotros, que responde a nuestras ganas de jugar con él y que podemos modelar y adaptar a nuestras necesidades del momento.

Pero no nos equivoquemos, un blog es un vehículo que tarde o temprano y a través de nosotros tomará conciencia de sí mismo y se volverá un ser exigente y manipulador. Esa sensación suele llegar a los tres meses y coincide más o menos con el final del “tuneado” y casi siempre con el crecimiento de los bloggers que lo leen. Es decir, en el momento en que nosotros, las personas que hay detrás del blog, nos damos cuenta de que alguien nos lee -y da igual si son mil personas o veinte-, de alguna forma, nuestro otro yo virtual, nuestro antiego que yo diría, toma cuerpo y siente que se debe a sus lectores, sean muchos o pocos. Es ahí donde los cimientos del blog se tambalean por primera vez y nos hacen preguntarnos si realmente esa bitácora que estamos llevando nos sirve de algo o no. Un blog es como un tiburón, solo se mantiene vivo si se mueve y a veces resulta muy complicado levantarlo de sofá.

Estoy convencido de que, si el crecimiento de la comunidad en torno es bueno -y eso solo se consigue siendo fiel a tus lectores y a ti mismo-, el blogger se sentirá cómodo con su blog y continuará en su afán por dominar el mundo un poco. Yo abrí Realidad elevada al cubo porque me apetecía hablar de otras cosas que no fuesen cine, de cosas más personales, más variadas, pero nunca conseguí domarlo. Hace ya bastante tiempo que tenía ganas de retomarlo y tratar de ver cómo podía echarlo para adelante. Y esto es lo que he hecho. Le he cambiado el nombre y el aspecto y me he insuflado unos cuantos ánimos. Ahora solo queda ver si soy fiel y consigo mantenerlo a raya.

Por cierto, he renovado los Carnets Ruvios. La personalización de cada uno de ellos era una tarea que llegó a agobiarme de verdad. Lo siento, me superó. Como considero totalmente injusto que haya gente que desee tener un carnet que le afilie al estupendo Club Ruvio y tenga que depender de alguien como yo, lo que he hecho es crear un carnet genérico para que todo el que quiera lo coja sin problemas. Así todo será más rápido y mejor.

Una mirada en el bolsillo

Con las cámaras digitales reduscubrí el placer de la fotografía. El engorro que supone para alguien tan vago como yo toda la parafernalia de la fotografía tradicional desaparece con una camarita que te cabe en el bolsillo y te permite derrochar disparador sin miedo a gastar un carrete lleno de fotos que no has comprobado.

Llevo mi cámara a todas partes y probablemente hago menos fotos de las que pensaba que haría antes de comprarla pero me gusta sentirla en el bolsillo interior de la chaqueta esperando a que aparezca una imágen que valga la pena. Y casi nunca aparecen .

Eso sí, cuando aparecen, y además vienes de compartir unas copas y unas risas con los amigos, de vivir, en definitiva, te alegras de poder dispararla.

Esta foto no hace justicia a la imagen real, pero es la forma más precisa que tengo de mostraros que, a veces, un instante preciso/precioso sirve para que sepa que no hay nada que merezca más la pena que todo lo que ya tengo, aunque al día siguiente vuelva a sonar el despertador a la misma hora.

Cumpleaños feliz bizarro

A todos nos han cantado alguna vez eso de “cumpleaños feliz” pero supongo que no a todo el mundo unos amigos en un grave estado de embriaguez le han interpretado la canción convirtiéndola en una versión bizarra de aquellos mixes a lo Jay Bunny con temas de los 70 y la han grabado 24 veces en un CD. A mí eso sí me ha pasado. Fue hace unos cumpleaños atrás y el lugar elegido para reproducir la obra fue una concurrida (no tanto esa tarde, menos mal) cafetería del centro en la que los clientes y yo nos quedamos estupefactos ante semejante delirio ¿musical? Puede que no suene afinado, puede que no llegue nunca al número uno de las listas, pero lo que me hizo sentir esa canción aquel día era parecido a lo que debe sentirse al escuchar el canto de los ángeles. Y es que en ese momento me sentí un hombre afortunado. El que más.

No, hoy no es mi cumpleaños, pero aun así quisiera dejar constancia de mis palabras adjuntando el tema, interpretado a la guitarra por Manolo y cantado como nunca por Isra y Bea a los que algunos ya les conoceréis por Los náufragos. Que ustedes lo disfruten.

Máma, quiero ser payaso

He aquí una rotunda muestra de lo que puede ocurrir si en una rueda de prensa junto al gran Millán Salcedo uno intenta hacerse el graciosillo. El caballero que acompaña al humorista no es otro que el concejal de Festejos de Ciudad Real. Ahí es nada.

Yo me pregunto qué se le recorrerá a este hombre por el cuerpo cuando vea este vídeo. A mí me daría algo.

Crisis de personalidad

 

Victoria

Después de hacer al amor Mario se tumbó mirando al techo mientras Soledad le acariciaba el poblado pecho. Los dedos de Soledad siguieron con el juego de exploración subiendo y bajando por la mata de pelo de él, haciendo caracolillos y enroscándose en las zonas más pobladas. Mario, cansado por el trabajo y relajado por el ejercicio sexual se hundió en un sueño profundo mientras Soledad, absolutamente fascinada por ese hombre al que acababa de conocer, seguía amasando vello corporal en un juego casi frenético y tierno a la vez.

Sus dedos tocaron algo raro. Bajo la inmensidad pilosa Soledad detectó un pequeño accidente en la piel. Frotó suavemente de nuevo y se dio cuenta de que tenía una forma bastante regular. Apartó el vello como pudo pero no consiguió ver nada. Movida por una curiosidad insana aprovechó el sueño profundo de Mario para rasurar la zona con tal habilidad que el hombre ni se inmutó. Allí, bajo la espesa capa de pelo, a la altura del corazón, había tatuada una “V” capitular.

Se vistió rápido y salió del hostal a toda prisa. No quería que estar allí cuando Mario se despertase. Ahora no podría ocultarle que, en realidad, su nombre era otro.

Atracón de Delfín

Viendo que mi nuevo cantante favorito ha despertado grandes pasiones y algún que otro bajón de tensión, ataco de nuevo con tres videos más de este genio musical.

Primero una entrevista en la que Delfín nos abre su corazón y nos muestra sus más inmediatos proyectos y sus sueños de celofán.

Si no lo puedes ver pincha aquí para verlo en youtube.

George, filólogo profesional, ha dicho de ella, concretamente de la respuesta a la tercera pregunta, lo siguiente:

“Es absolutamente increíble (denota una nula competencia lingúística y una bajísima inteligencia) y me tiene fascinado.”

He aquí la transcripción de la respuesta:

“Bueno, el tema de las Torres Gemelas está en todo el mundo, la verdad que Delfín es autor y compositor tanto de letra y música, eh, es un sentimiento amoroso que un amor perdido en las Torres Gemelas me duele, me, tengo un dolor-sentimiento tan tan profundo hasta la vez que llevo en mi corazón de que perdí un amor en las Torres Gemelas.”

Aquí una explicación de su nombre:

Y para terminar, un saludo a Chile coronado con un fragmento de su maravilloso tema “Torres Gemelas” a capella. Sí, señores, a capella.

Delfín hasta el fin.

Mi nuevo cantante favorito

Delfín se ha convertido en mi nuevo cantante favorito por unas cuantas razones de peso que pasa enumerar:

1. Nadie como él es capaz de hacerme vibrar con sus comprometidas letras que además no renuncian al ritmo más bailable.

2. La calidad técnica de sus videoclips que te transportan a los lugares y momentos convirtiendo su música en una experiencia que va mucho más allá de lo meramente musical.

3. El estilismo y la puesta en escena de Delfin denotan un alto conocimiento de las tendencias de la moda y de los más variados y punteros diseños en interiorismo.

4. La indiscutible e indudable capacidad, ingenio y originalidad en la utilización del marketing a su favor que le han convertido en uno de los artistas más conocidos en el mundo (al menos en Youtube).

5. Ese nombre, DELFIN, que nos plantea la seria duda de si es un nombre artistico o sencillamente, el artista nos regala en un alarde de generosidad y buenas intenciones su más preciada y profunda intimidad.

Por todo ello, Delfín es mi nuevo cantante favorito.

“Desde Ecuador con amor, Delfín sin fin”

Visita el sitio oficial de Delfin Quishpe

Visita el sitio de Delfin Quishpe en Myspace

Visto en Dani’s Blog

Ahora no puedo hablar

Fuera hace un frío del demonio. George y yo hemos quedado para tomar un café. Él pide un solo, yo un cortado.

– Entonces ¿te vienes a Alicante o qué? –me dice.

– La verdad es que esta tarde me apetece quedarme en casa. Además, siendo hoy víspera de Reyes no habrá quien se mueva por allí.

La camarera trae los cafés. Siguiendo una extraña e inevitable inercia cósmica, me pone a mí el solo y a George el cortado. Nos cambiamos los cafés cuando sabemos que no nos mira. Una de nuestras reglas es evitar dentro de lo posible que un camarero se sienta mal, aunque el café sea zumo de estiércol.

– Solo voy a estar un rato, es ir, recoger a éste y volver –insite.

– Ya pero…

De repente, y sin que me percate de cómo ocurre, a George le explota, literalmente, el sobre de azúcar en sus narices esparciendo el contenido en todas direcciones. La mesa azul marino oscuro parece un estrellado cielo de verano.

– ¡¡Joder!! Siempre igual… –dice mientras hace malabarismos con el sobrecito para que éste no se le caiga dentro de la taza.

– ¡¡¡¿?!!!

Le doy otro sobrecillo, agitado previamente por mí, y lo coge mientras se atusa el jersey. Suena su móvil. Es su novia.

– Eh…, hola… No, no.., nada. Sí, me voy ahora a Alicante. ¿Sí? ¿Has salido ya? Sí, sí, vale, vale… –veo que, curiosamente, se va poniendo más y más nervioso- Oye, mira, cuando esté en Alicante te llamo, que es que ahora no puedo hablar. Sí, sí, vale, adiós, adiós.

George me mira como si yo no hubiese oído la conversación y no le da importancia a lo de “ahora no puedo hablar”. Lo cierto es que yo tampoco se la doy pero me pregunto cuál es el motivo que hace que una persona que es como tu hermano, aplace (de hecho, corte radicalmente) una conversación con su novia porque tú estás delante. ¿O sería por el azúcar?

La tarde transcurrió tranquila en casa, tal y como me había propuesto, pero no dejé de preguntarme qué oscuros misterios se esconden tras nuestros familiares y amigos más cercanos. Creo que no quiero saberlo.

Una sonrisa no cuesta nada

Entrar en cualquier sitio y recibir una sonrisa. ¿Hay algo mejor?

Para vosotros:

¿Gente rara?

Esta tarde me ha tocado ir a la estación a recoger un paquete que llegaba en autobús. He tenido que ir bastante temprano porque esta estación no es final de trayecto y los conductores no se responsabilizan de los bultos si no hay nadie que los recoja. Me he dado cuenta de que las estaciones de autobuses son escaparates incomparables en los que observar a cantidad de personajes curiosos e incluso extravagantes.

Dos bancos más allá de donde yo estaba, había una señora de unos sesenta y pico años peleándose con una chocolatina. La mujer se desesperaba intentado romper el envoltorio de mil maneras diferentes. En un momento dado se ha girado hacia mí con cierta súplica en su rostro pero yo he sido más rápido y he esquivado la mirada. Sé que he obrado mal pero, cuando un impulso involuntario se impone por encima de lo que se supone que es lo correcto, es muy difícil rectificar.

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