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Josmachine Blog

El vacío mental como forma de vida

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Microrrelatos

Reflexiones sobre la basura

Si te compras uno de estos tarros de café, lo consumes y dejas el recipiente de cristal encima del mármol de la cocina durante días, llegará un momento en que, harto de verlo ahí, le quites la tapa y lo eches a reciclar. O sea, tires la basura. Sin embargo, si esa botellita con forma curiosa se usa como recipiente donde guardar la calderilla deja de ser basura. Ahora es una hucha. Pero vayamos más allá. Imaginemos que con el trajín de vida diaria, de forma accidental, esa botella se va quedando vacía hasta que deja de ser vista como una hucha a pesar de las pocas monedas que aun le quedan dentro. Se la relega a un rincón oscuro y poco frecuentado de un armario y allí pasa los años, olvidada, viendo cómo ese mismo armario se va llenando de objetos inservibles como ella que la van arrinconando más y más en la oscuridad del receptáculo.

La casa cambia, se reforman el aseo y el salón, se pintan las paredes y se arregla la cocina pero, curiosamente, del viejo armario lo único que se cambia es la puerta. ¿Para qué más?, allí nunca mira nadie. Poco a poco los niños se van marchando a vivir sus vidas y los padres, aquellos que un día la llevaron a esa casa, van envejeciendo de forma lenta y rutinaria.

La casa se va quedando en silencio y los demás objetos, como las sillas y las puertas se van volviendo estáticos. El suelo cada vez tiene más parcelas que no son pisadas y las persianas cada vez están más abajo. Un día el padre falta y al poco viene uno de los niños a llevarse a la madre. La casa se cierra de forma casi hermética.

Y vuelven a pasar los años en la más estruendosa oscuridad y en el más oscuro silencio. El polvo lo cubre todo y las arañas van cambiando de generación en generación. Un día empieza a llegar gente, recorren la casa de forma mecánica. Se van y al día siguiente vienen otros y se repite la operación. Pasan los meses y un buen día alguien llega para quedarse. Los muebles van desapareciendo y los cajones se van vaciando. El olor a pintura y el sonido de los martillos y los taladros le recuerdan a sus antiguos dueños. La casa está cambiando otra vez.

De repente, se abre el armario. Una mano joven e impaciente empieza a vaciarlo, metiendo esos viejos objetos en la bolsa de la basura. Unos dedos le palpan con curiosidad y cuando la sacan fuera nota cómo la luz pasa a través de su cuerpo reflejando las tres monedas sueltas. El hombre la echa con el resto de objetos pero la mujer la recupera. Es bonita, dice, y muy antigua. El hombre insiste en que no tiene valor, en que solo es basura, pero ella le explica que no, que es mucho más que eso. Fue una hucha, la hucha de sus abuelos, un objeto que les regaló ilusión, deseos y esperanzas. La basura no hace eso.

Victoria

Después de hacer al amor Mario se tumbó mirando al techo mientras Soledad le acariciaba el poblado pecho. Los dedos de Soledad siguieron con el juego de exploración subiendo y bajando por la mata de pelo de él, haciendo caracolillos y enroscándose en las zonas más pobladas. Mario, cansado por el trabajo y relajado por el ejercicio sexual se hundió en un sueño profundo mientras Soledad, absolutamente fascinada por ese hombre al que acababa de conocer, seguía amasando vello corporal en un juego casi frenético y tierno a la vez.

Sus dedos tocaron algo raro. Bajo la inmensidad pilosa Soledad detectó un pequeño accidente en la piel. Frotó suavemente de nuevo y se dio cuenta de que tenía una forma bastante regular. Apartó el vello como pudo pero no consiguió ver nada. Movida por una curiosidad insana aprovechó el sueño profundo de Mario para rasurar la zona con tal habilidad que el hombre ni se inmutó. Allí, bajo la espesa capa de pelo, a la altura del corazón, había tatuada una “V” capitular.

Se vistió rápido y salió del hostal a toda prisa. No quería que estar allí cuando Mario se despertase. Ahora no podría ocultarle que, en realidad, su nombre era otro.

Microrrelatos (I): La paradoja del torpe.

Se vieron por primera vez en el metro. Él perdió el equilibrio y chocó de cara contra ella.
– Perdón, mis reflejos son de torpe. –le dijo.

A la salida del vagón, a ella se le rompió el tacón y mientras su bolso volaba como un pájaro diseñado por Versace se fue de morros contra el suelo. Aterrizó en los brazos de él que con una sonrisa le ofrecía el bolso cogido al vuelo.

Coincidieron más tarde en la presentación de un nuevo artista. Él la sorprendió mientras ella, bizqueando la mirada, observaba un cuadro enorme e incomprensible.

– ¿Soy el único que ve un simple borrón sobre un fondo blanco?

Ella se giró como un remolino y al verlo ahí de pie, tan desvalido e inseguro, negó con la cabeza conteniendo una carcajada.

– Perdona, soy un torpe con el arte.

Ella le creyó. Sin embargo, cuando fue él el que subió al atril y habló de su obra, tuvo sus dudas.

Coincidieron por tercera vez en un aparcamiento. Esta vez fue ella la que le sorprendió a él. Él estuvo encantador, como siempre, y ella le invitó a un café. Antes de que el café se enfriase, ella, con los pómulos encendidos, le propuso ir a otro sitio.

– Disculpa, pero soy un amante muy…
– ¿Torpe? –le interrumpió ella- No, disculpa tú, me gustaría descubrirlo por mí misma.

El tercer orgasmo le recordó, por algún motivo, a Hiroshima y lo que nació en su pecho tras recuperarse, le aterrorizó. Algo malo debía tener y era muy pronto para el amor.

– Perdona ¿me puedes decir en qué me estás engañando?
– En nada. –respondió tranquilo.- Soy un torpe mintiendo.

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